Vía Crucis Seminario Mayor

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Ponemos a disposición de la comunidad este Vía Crucis, preparado por los seminarista de nuestra casa de formación.

 

 

 

                                I Estación   “Jesús es Condenado a muerte”

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Lectura del Evangelio según San Juan (19,14-16).

“Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: “Aquí tenéis a vuestro rey”. Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!” Les dice Pilato: “¿A vuestro rey voy crucificar?” Replicaron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que el César”. Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.

 

Reflexión.

Has sido condenado por aquellos que te habían recibido como su Mesías, y lo eres, pero la envidia de los sumos sacerdotes, el interés por el poder fue mucho. Entregado, ya condenado debes comenzar este camino de la cruz, porque has dejado que el Padre cumpla su voluntad en tu vida.

Pensemos: ¿A quién crucifico hoy, a quién saco de mi vida como los sumos sacerdotes lo hicieron con Cristo? ¿A quién aparto con mis comentarios, con mis gestos, con mi falta de atención?

Ninguno es superior a los demás, ni entre nosotros somos enemigos…
Por fe creemos que ese es mi hermano, que es Cristo ¿será esa la voluntad de Dios, condenar?
Aún estamos a tiempo, Jesús está con nosotros…

 

II EstaciónJesús con la Cruz a cuestas”

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (16,16-17).

Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, que cargando con la cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se dice Gólgota.

 

Reflexión.

Pilato, aunque no encuentra delito alguno en Jesús, lo entrega para que éste muera en la cruz. Él sin reproche alguno se entrega a la muerte. Como nos dice el Profeta Isaías: “Cuando era maltratado, Él se sometía y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca” (Is. 53, 7).

Así Cristo carga en silencio con nuestras culpas y se entrega a la muerte por cada uno de nosotros. Para librarnos de toda atadura y de todo aquello que nos hace esclavos de este mundo. Pero caemos en cada momento aumentando, así, el peso sobre los hombros de Jesús.

Pidamos, pues, a Dios que nos libre de todo mal y que seamos capaces de cargar con nuestras propia cruz, y, que nos de las fuerzas necesarias para ayudar, a nuestros hermanos, con su cruz.

 

III Estación  “Jesús cae por Primera vez”.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Lectura del Libro de Isaías (53, 4-6).

Y sin embargo él estaba cargado de nuestros sufrimientos, estaba soportando nuestros propios dolores. Nosotros pensamos que Dios lo había herido, que lo había castigado y humillado. Pero fue traspasado a causa de nuestra rebeldía, fue atormentado a causa de nuestras maldades; el castigo que sufrió nos trajo la paz, por sus heridas alcanzamos salud.

 

Reflexión.

Jesús que cae bajo el peso de la cruz no es solo un hombre moribundo por la flagelación. El episodio resalta algo más profundo. En su caída subraya la naturaleza de nuestro orgullo: la soberbia que nos induce alejarnos de Dios, a ser solo nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida. En esta rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses, nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos hasta autodestruirnos.

La humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejémonos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de él, del que se ha humillado para encontrar nuestra verdadera grandeza.

Jesús ayúdanos a levantarnos de nuevo, pues sabemos que contigo no hay gran cruz, sino fuerza para hacerle frente.

 

IV Estación “Jesús se encuentra con su Madre”

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (2,34-35).

 Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: “Mira, este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.

 

Reflexión.

 Al contemplar este cuadro, el corazón se enternece. Nosotros que pasamos y recordamos esta vía de dolor, amor y salvación, pero sobretodo de amor, observemos y veamos si es que hay dolor semejante que el de una madre que ve a su hijo caminando a su muerte. Hay una mirada tan profunda y mutua entre los dos, una mirada melancólica. María recuerda a ese niño que ahora caminaba agonizante, ese niño que desde el  principio le entregó todo su amor. Pero Jesús también sufre al ver a su madre tan afligida con ese rostro lleno de lágrimas: ¡No te alejes madre Mía, no te quedes lejos porque mi hora está cerca y nadie me socorre! El único consuelo que te podemos dar María es que este dolor va a dar frutos de vida eterna y que ya pronto no habrá sufrimiento para tu hijo.

 V Estación “El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz”

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Lectura del Evangelio según San Lucas (23, 26).

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.

 

Reflexión.

Señor, siguiendo tu ejemplo, también nosotros llevamos hoy la cruz del sufrimiento y de la enfermedad, pero la aceptamos porque tú estás con nosotros. Ésta nos puede encadenar a una silla, pero no impedirnos soñar; puede apagar la mirada, pero no herir la conciencia; puede dejar sordos los oídos, pero no impedirnos escuchar; atar la lengua, pero no apagar la sed de verdad. Puede adormecer el alma, pero no robar la libertad.

Señor, queremos ser tus discípulos para llevar tu cruz todos los días; la llevaremos con alegría y con esperanza para que tú la lleves con nosotros, porque tú has alcanzado para nosotros el triunfo sobre la muerte.

Te damos gracias, Señor, por cada persona enferma y que sufre, que sabe ser testigo de tu amor, y por cada «Simón de Cirene» que pones en nuestro camino. Amén.

 

VI Estación “La Verónica enjuaga el rostro de Jesús”

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Salmo 26.

Oigo en mi corazón “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscare Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio, no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.

 

Reflexión.

En la Verónica vemos como todos los creyentes quieren ver el rostro de Dios, e ella vemos la imagen de una mujer buena que en la tribulación y en la oscuridad del corazón mantienen el brillo de la bondad, como dice en el sermón de la montaña “Felices los de corazón limpio porque verán a Dios” (Mt. 5,8). En un principio ve el rostro humano de Jesús, ensangrentado y lleno de dolor, pero el amor de ese corazón limpio le permite ver la verdadera imagen de Jesús, ve el rostro de Dios y su bondad, que nos acompaña incluso en esos momentos de dolor, y es solo con el amor de un corazón puro que lo podemos ver.

Señor danos la sencillez y pureza de corazón que nos permita ver tu presencia en el mundo, graba tu rostro en nuestros corazones, para poder encontrarte y darte a conocer al mundo.

VII Estación “Jesús cae por segunda vez”

 Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Salmo 22.

 Al verme se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza. Pero tú, Señor, no te quedes lejos, que el peligro está cerca y nadie me socorre.

 

Reflexión.

Señor Jesús, en tu segunda caída reconocemos tantas situaciones nuestras que parecen no tener salida. Entre ellas, las causadas por los prejuicios y el odio, que endurece nuestro corazón y lleva a conflictos religiosos.

Ilumina nuestras conciencias para que reconozcamos que, a pesar de las divergencias humanas y religiosas, un destello de verdad ilumina a todos los hombres, llamados a caminar juntos respetando la libertad religiosa hacia la verdad que sólo está en Dios. Así, las distintas religiones podrán unir sus esfuerzos para servir al bien común y contribuir al desarrollo de cada persona y a la construcción de la sociedad.

Ven, Espíritu Santo, a consolar y fortalecer a los cristianos, en particular a los de Oriente Medio, de modo que unidos a Cristo sean testigos de su amor universal en una tierra lacerada por la injusticia y los conflictos.

 

VIII Estación “Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén”

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (23, 27-28)

Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús se volvió a ellas y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos.

 

Reflexión.

El consuelo de Jesús es un regalo que lo pedimos de manera constante, en nuestro dolor, en nuestro sufrimiento, en nuestras incomprensiones, cuando nos cuesta encontrar el plan de Dios en nuestras vidas, acudimos a Cristo Jesús para que nos aliente, y nos oriente en su infinita sabiduría divina.

Ahora bien, ver que la persona que consuela a las mujeres es ese Cristo humillado, torturado, sufriente, que a los ojos del mundo está siendo derrotado tras la acusación de los sumos sacerdotes, es muy curioso, es inentendible sin una mirada sobrenatural, sin embargo Cristo a través de las mujeres, nos hace ver que frente a las turbaciones podamos tener esa mirada esperanzadora, y así es, ya que Jesucristo está en plena conciencia de esa cruz, esa pesada cruz que lleva a cuestas es el símbolo de la victoria, es el símbolo de la esperanza, del triunfo por sobre la Tierra, la salvación para cada uno de nosotros.

Miremos el rostro de María Santísima, la hija predilecta de Dios, que constantemente vivió un fuerte luto, en primer lugar, enfrentar la muerte de su esposo San José, y luego ver como injustamente asesinaban brutal y tortuosamente a su Hijo, probablemente no comprendía lo que ocurría, pero ella siempre nos enseñó, que frente a las adversidades  podamos tener una mirada esperanzadora, confiarnos en el plan de Dios, confiarnos en que en Él estamos y que en Él vivimos, entregarnos a su misión. Que María nos ayude a ser hijos necesitados del consuelo y la misericordia divina, que podamos caminar según la voluntad de Dios.

 

IX Estación “Jesús cae por tercera vez”

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Lectura del Evangelio según San Mateo (26,39).

 …y, postrado su rostro en tierra, oró así: Padre, si es posible, aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya…

 

Reflexión.

Dice el dicho: ¡la tercera, es la vencida! Pero para Jesús tal afirmación no pareciera correr, a pesar de que ya las fuerzas físicas y psicológicas seden ante tal extenuante misión de cargar no solo un madero, sino los pecados de toda una humanidad.

Si contemplamos la naturaleza nos daremos cuenta de la probabilidad de caída que se juega, por ejemplo,  un pichón que emprende tareas aéreas por primera vez. Su ejercicio de vuelo contempla necesariamente  caídas. Pues bien, en el vivir humano también nos encontramos ante tan rotunda realidad.

El ser humano creatura de Dios en su habérselas con las cosas, con el mundo, con la gente, con sus sueños, etc. se encontrara inevitablemente con tropiezos. De ahí que el optimismo cristiano no se funda en lo factico de la caída, sino más bien en esta continua capacidad que tenemos de levantarnos, aun estando varados y hundidos en el más espeso de los fangos, siempre y cuando nos aferremos del brazo de Aquel que aun besando su cuerpo con la tierra, y que con más corazón que fuerza ha hecho del sendero del Calvario un camino de esperanza y salvación, bebiendo así finalmente la copa de la voluntad de su Padre sin importar las caídas. Es por eso que debemos tener el valor  de levantarnos y mirar con optimismo y fe  incluso en el más desolador de los panoramas, porque todo depende del corazón y el empeño que le coloquemos, bebiendo así nuestro propio cáliz.

 

¿He logrado encontrarme con Dios en mis caídas? ¿He dejado que me levante?

¿Se acompañar y vincularme con el vía crucis  que a veces viven día a día las personas que me rodean?

 

X Estación “Jesús es despojado de sus vestiduras”

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Salmo 22.

“Perros sin cuento me rodean, una banda de malvados me acorrala, mis manos y pies vacilan puedo contar mis huesos. Ellos me miran y remiran, reparten entre si mi ropa t se echan a suertes mi túnica”

 

Reflexión.

Cuántos han sufrido y sufren por esta falta de respeto por la persona humana, por la propia intimidad. Puede que a veces tampoco nosotros tengamos el respeto debido a la dignidad personal de quien está a nuestro lado, «poseyendo» a quien está a nuestro lado, hijo, marido, esposa, pariente, conocido o desconocido. En nombre de nuestra supuesta libertad herimos la de los demás: cuánto descuido, cuánta dejadez en los comportamientos y en el modo de presentarnos el uno al otro.

Jesús, que se deja mostrar así a los ojos del mundo de entonces y de la humanidad de siempre, nos recuerda la grandeza de la persona humana, la dignidad que Dios ha dado a cada hombre, a cada mujer, y que nada ni nadie debería violar, porque están plasmados a imagen de Dios. A nosotros se nos confía la tarea de promover el respeto de la persona humana y de su cuerpo. En particular a nosotros, los esposos, la tarea de conjugar estas dos realidades fundamentales e inseparables: la dignidad y el don total de sí mismo.

 

XI Estación “Jesús es clavado en la cruz”

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Lectura del Evangelio según San Juan (19, 16a.19).

Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos».

 

Reflexión.

Tus manos atravesadas son nuestro refugio en la angustia. Nos acogen cada vez que el abismo del pecado nos amenaza y encontramos en tus llagas la salud y el perdón.

Oh Jesús, te pedimos por todos los jóvenes que están oprimidos por la desesperación, por los jóvenes víctimas de la droga, las sectas y las perversiones.

Líbralos de su esclavitud. Que levanten los ojos y acojan el Amor. Que descubran la felicidad en ti, y sálvalos tú, Salvador nuestro. Amén.

 

 XII Estación “Jesús muere en la cruz”


Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Lectura del Evangelio según San Lucas (23,46)

Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Y, dicho esto, expiró.

 

Reflexión.

En el culmen de la pasión, Cristo no olvida al hombre. No olvida en especial a los que son causas de su sufrimiento. Él sabe que el hombre más que cualquier otra cosa, tiene necesidad de amor, necesidad de misericordia, necesidad de perdón, que se lleva acabo sobre todo en su pasión, muerte y resurrección donde asume nuestros pecados.

Jesús le dijo al ladrón que estaba a su derecha “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”; por tanto la muerte de Jesús es siempre una esperanza en nuestra vida, esperanza de poder participar del Reino de Dios, prometido por Jesús.

Cuando llega la muerte de Jesús y también en la muerte del hombre, todo pertenece a Dios, el Padre asume nuestro caminar hacia su encuentro. Por eso hemos de decir al igual que Jesús: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”, dicho esto expiro.

Este misterio solo se puede comprender de rodillas, en oración y penitencia, también en el dolor y especialmente en el amor al prójimo. En el amor de Cristo crucificado se funda el misterio del amor de Dios, por cada uno de nosotros.

 

XIII Estación “Jesús es puesto en el sepulcro”


Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.


Lectura del Evangelio según San Juan (19,26-27a).

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».

 

Reflexión.

El  Señor ya no sufre más, ya no está con nosotros, pero era preciso que el padeciera y muriera para que todo cambiará con el único objetivo de que la humanidad reaccionara y se diera cuenta que su sacrificio fue por nuestra redención por todas nuestras faltas y pecados.

 

XIV Estación “Jesús es puesto en el sepulcro”


Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (27,57-60).

Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato dio orden de que se le entregase. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro nuevo que había hecho excavar en la roca; luego, hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se fue.

 

Reflexión.

Con una fe tal vez vacilante, los discípulos ponen a Jesús en el sepulcro creyendo que ya no hay nada más. Todos los buenos momentos vividos con el maestro se ha acabado, ¿qué sentido tuvo todo? Algunos retornan derrotados a sus hogares con gran pena, lamentando lo sucedido. El sepulcro es el lugar de la prueba, lugar de conservar la fe y la esperanza en la resurrección del maestro. Es poner en manos de Dios toda nuestra vida cuando nos enfrentamos a la incertidumbre, abandonándonos a él y confiar en que las cosas cambiarán, Jesús volverá y nosotros que lo hemos visto y oído comenzaremos a anunciarlo y dar testimonio de su vida, sus obras, su pasión y resurrección.

 

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