V Domingo de Cuaresma

V Domingo de Cuaresma

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Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto (Jn 12, 24)

 

Ya nos estamos acercando a vivir la Semana Santa, en la cual conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Es por esto que el Evangelio de este Domingo 5to de Cuaresma nos muestra cómo el Señor anuncia que ha llegado la hora en que será glorificado. Pero para eso, debe morir, de la misma manera en que el grano de trigo cae en tierra y muere para así dar mucho fruto. Esta es la invitación que el Señor nos hace cada día: morir, no solo para tener vida eterna, sino para dar fruto. Sin embargo, ¿qué significa morir? Por supuesto que no se refiere solamente al último día de nuestra vida, o al momento de nuestro último suspiro, sino que el morir implica desprenderse de uno mismo, no aferrarse a nada, ni siquiera a esta vida en este mundo, renunciando incluso a derechos que pueden ser válidos. Pero no morir por morir, sino que una muerte por amor. Sólo el amor hace fructificar todas nuestras obras. Entonces, la muerte se transforma en vida: morir para vivir, morir para dar fruto.

 

Nuestra vida es un don de Dios que no está exenta de renuncias ni sufrimientos, pero cuando vivimos con fe, vivimos también con alegría, sirviendo al Señor y a nuestros hermanos. Jesús también experimentó todo esto. Vino a este mundo para servir, no para ser servido; no para aferrarse a la vida, sino que para donarla libremente. Siendo Hijo de Dios, ¿le fue fácil? No. También fue uno como nosotros, excepto en el pecado. El evangelio nos muestra que su espíritu estaba turbado. En la Pasión nos encontramos con su oración agónica, pero sincera: Padre, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mí voluntad, sino la tuya. Ante las dificultades que podamos estar viviendo, Jesús nos enseña a sufrir. Él confía en el Padre, “se-confía” en Él, se pone en sus manos. Y qué gran fruto hemos obtenido gracias a su entrega: la vida en plenitud.

 

Seamos agradecidos por la entrega sin medida de nuestro Señor, pero que, sin duda, implica también cómo debemos actuar en nuestro día a día: con amor y por amor, donándonos al Señor, a su Iglesia, a nuestros hermanos y, en especial, a los más necesitados. Así, dando nuestra vida, daremos el fruto que el Señor espera de nosotros.