Jaime Bastías Pacheco – Testimonio Vocacional

Jaime Bastías Pacheco – Testimonio Vocacional

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“[…] cuando empiezas a mirar hacia atrás, te das cuenta como Dios ha ido actuando en tu vida de manera más perfecta y precisa que las mismas matemáticas”, estas palabras del sacerdote Víctor Godoy fueron de las más importantes y vitales durante un extenso proceso vocacional.

Mi nombre es Jaime Patricio Bastías Pacheco, tengo 21 años, toda mi vida viví en Viña del Mar, pertenezco a une hermosa familia que desde muy pequeño siempre me educó en los valores cristianos; y estuve los 14 años de mi formación escolar en el colegio The Mackay School de Reñaca, hoy curso el tercer año de formación en el Pontificio Seminario Mayor San Rafael; sin duda alguna que ponerse a escribir sobre uno mismo termina siendo más complejo que sencillo, la manera en que van sucediendo las cosas, y la infinidad de capítulos que podría traer un testimonio vocacional entorpecen la síntesis que uno pudiese hacer.

Tratando de realizar uno cronología, considero interesante en mis primeros años de vida, cuando con mi familia íbamos a misa en “las hermanitas de los pobres” en Gómez Carreños, con el sacerdote Harry Smith, y era una constante observar todos los movimientos del sacerdote, para luego poder imitarlos en mi casa, jugando a “hacer misa”.

Por el año 1999, a raíz de una recomendación, con mi familia llegamos a la parroquia “Santa María de los Ángeles” (o también conocido como “Santuario de San Expedito”) de Reñaca, con el padre Enrique Opaso, fue otro cambio positivo en mi vida, con tan solo 5 años de edad lo empezaba a imitar en silencio, su energía, fuerza y convicción al predicar, fue algo que siempre me produjo admiración,  de hecho mi papa siempre comenta que le llamó la atención como todos prestábamos mucha atención en la homilía, y es que hasta el día de hoy no me deja de sorprender este hermoso don que Dios le ha dado, la notable llegada con las personas al momento de hablar de la palabra de Dios (recuerdo cuando para mí, el padre Enrique era “el padre que grita”).

Llegamos a esta parroquia en un momento muy particular, el proyecto del nuevo templo, y claro, la pequeña iglesia no daba abasto con tantas personas que se congregaban, incluso llegando con anticipación, era normal quedar en la denominada “galería”, bien atrás, mejor dicho, fuera del templo. Un proceso de dos años comenzaba el año 2000, y ya me llamaba la atención la idea del padre Opaso de celebrar las 7 misas del día domingo en unos estacionamientos subterráneos frente al territorio parroquial, mientras duraba todo el largo proceso de la construcción del templo (Este periodo fue denominado, el periodo de “las catacumbas”). No recuerdo bien si finalizando el año 2001, o comenzando del año 2002, le manifiesto a mis papas las ganas de poder se acólito del padre, mis papás van a hablar con la persona encargada y esta le manifiesta que espere hasta que esté listo el nuevo templo, y así fue, ya en Agosto del año 2002 con el templo completamente nuevo y funcionando, mi papa habla con Jorge Verdejo (entonces sacristán de la parroquia), y sin mayores problemas me recibe y me enseña las principales cosas que debíamos saber los acólitos. Increíblemente para mí, ya era parte de algo que miraba con tanta lejanía, observar desde adelante todo lo que hace el sacerdote, en este caso el padre Enrique. No cabe duda alguna que tanta llamada de atención al respecto, era porque algo quería el Señor de todo esto.

Año tras año continuaba ejerciendo mi servicio en la misa, siendo el único monaguillo de la parroquia, lo cual produjo una distinta relación con Padre Enrique, quien siempre me recibió con mucho cariño misa tras misa, sin embargo, nunca jamás, y agradezco que así sea, me presionó a nada respecto a la vocación sacerdotal, era un tema jamás tocado con él, sin embargo, su testimonio, basado en la alegría y total entrega, era más que suficiente para poder generar algún sentido de proyección a futuro.

El año 2009, el padre Víctor Godoy (entonces seminarista de séptimo año), llega a trabajar pastoralmente a la parroquia los fines de semana, y fue para el domingo de ramos en la playa de Reñaca que padre Enrique nos llama a los dos, y nos presenta formalmente y señala, “necesito que ustedes dos hablen y conversen”, fue ahí cuando comenzamos con el padre Víctor a establecer una bonita amistad. Ese año el entonces seminarista Víctor, invita al equipo de vocaciones del seminario a que visite la parroquia, y padre Enrique me insinúa que sería interesante que yo fuera a ese encuentro. Accedo a la invitación, y fue entonces cuando conocí a los padres Sebastián Vásquez y Carlos Olivares (entonces seminaristas de sexto año); y de inmediato me llamo muchísimo la atención la vida que ellos llevaban y la convicción que la presentaban.

Al año siguiente (2010), dos seminaristas arriban por dos años a la parroquia, los hoy padres Diego González y Jorge Martínez, y fue éste último quien me invita a participar de una jornada para jóvenes entre I° y III° medio. Lo interesante fue que me dijo “trata de no contarlo, no es para todos, sino para los que tuviesen algún signo vocacional”. Ahí entendí para donde iba esta invitación. Que después se multiplicaron por dos años.

Y así fue, el año 2010 y 2011 participé con el equipo de vocaciones del seminario, siempre muy bien acogido, visitaba de manera seguida el seminario en la actividad denominada “seminarista por un día”. Me sentía muy a gusto, sin embargo, finalizando el año 2011 (terminando mi III° Medio), empiezo a cuestionar si esta sensación era solo placentera desde el punto de vista de estar en un lugar grato, o si existía aquí un entusiasmo propio de un llamado vocacional de Cristo al sacerdocio. Esta duda fue bastante dura, el cuestionamiento fue tal, que llegue a un punto en que descarté esta posibilidad de poder ser sacerdote.

Llega el año 2012, IV° Medio, sin duda que un año de muchas decisiones. Por esas coincidencias, que más bien parecen “Diosidencias”, al padre (entonces seminarista) Jorge Martínez lo ingresan al equipo de vocaciones, y me invita a participar en la jornada vocacional, pero ya no al estilo de las anteriores, estas corresponden al plan de ingreso propio del seminario, la cual consiste en asistir el primer fin de semana del mes (sábado a domingo), al seminario, para así poder conversar con los seminaristas, sacerdotes que dan testimonio, psicólogo, además de encuentros de recreación y oración. Precisamente en este último punto gira mi proceso de discernimiento; en estas jornadas se realiza una hora de adoración al santísimo, y en las primeras tres jornadas a los 15 minutos colapsaba, yo, siempre inquieto, no era capaz de aguantar más, era un verdadero suplicio el tener que estar ahí… ¡y una hora!, a mi parecer era inhumano, algo que no era para mí, después de la tercera jornada, se lo menciono a un seminarista que entonces era parte del departamento de vocaciones, comentándole lo complejo que era para mí la adoración al Santísimo Sacramento, esperando un consejo, me dice “si no puedes ahora menos después, nosotros (los seminaristas) hacemos adoración todas las semanas de una hora y media”. Con eso entendí, o al menos entendí lo que me quiso decir de manera indirecta, que mi camino no estaba por esa línea.

Fue un mes bastante duro de espera a la próxima jornada, no sabía si me correspondía asistir. Finalmente decidí hacerlo, pero en la mañana del domingo hablar con padre Marcelino (sacerdote formador de propedéutico y filosofía, y encargado de las vocaciones en el seminario). Y nuevamente llegaba otra diosidencia, la semana de la jornada, una amiga (con quien habíamos estado recientemente un tanto distanciados), me escribe para pedirme que nos juntáramos pues tenía que hablar conmigo. En síntesis, me comenta el problema, llora y aquí lo fantástico del asunto, me dice “porfa reza por mí mañana en la jornada ¿ya?”, en ese momento quedé muy nervioso.

Llega el día de la jornada, por los nervios no le comento nada a nadie, y llega el momento de la adoración al santísimo, en la cual no tenía otra imagen para pedir y rezar. La hora de adoración pasó rapidísimo, quedé corto a mi parecer, tanto así que en la noche, en el momento de la actividad recreativa, pedí permiso para seguir en la capilla. Esa noche quedé muy nervioso, de verdad que fue una experiencia completamente nueva. Al día siguiente quede algo así como asustado, por lo que decidí no hablar con padre Marcelino, sin embargo al final de la jornada pedí conversar con el padre Jorge Martínez (entonces seminarista), y al contarle lo que me pasó, me dijo algo notable, “encontraste ahora sí el fin del sacerdocio, hacer de los problemas de los demás tus propios problemas, cargar con la cruz de muchos que necesitan de ti”. Ahí hubo un tremendo giro, y consideré tomar este proceso con la seriedad que corresponde y el primer paso fue tomar un directo espiritual, y coincidió que Víctor Godoy  había sido ordenado sacerdote un par de meses antes. Lo llamo y accede a dirigirme espiritualmente en este proceso de discernimiento previo sin poner ningún “pero”.

Y fue así como se fue concretando este llamado, con muchas dudas, pero con muchos momentos que fueron parte de la construcción de mi vida a manos de Dios.

Fue ya en Diciembre cuando tomo la decisión definitiva, decido ingresar al seminario, y es padre Enrique quien anuncia esta novedad en la misa de Navidad en la parroquia de Reñaca,  y digo novedad, puesto que en los 55 años de historia de la parroquia Santa María de los Ángeles, no hay registros de algún seminarista que haya ingresado al seminario diocesano siendo presentado por esa comunidad. Un tremendo desafío, mucho nervio evidentemente, pero ese aviso del padre Enrique lo recuerdo siempre, sobre todo considerando el tremendo apoyo de la gente, y es que la vocación sacerdotal no la podemos comprender como personal, sino una vocación para los demás, un servicio de entrega a un pueblo de Dios que necesita ser escuchado, consolado y animado en el evangelio.

Hoy en el tercer año, miro para atrás y puedo dar gracias a Dios por las maravillas y las sorpresas en mi vida. Nadie dice que es un camino fácil, pero si comparto cuando muchos hablan de la alegría y satisfacción que da esta ruta. La posibilidad de conocer tantas personas que van marcando nuestro caminar, muchas personas que se comprometen con la vocación de uno, muchas personas que depositan su confianza en uno.

Agradecer a la Virgen María, que ha sido un tremendo ejemplo para mi caminar con Cristo, un ejemplo de lealtad, paz y obediencia, de humildad y entrega, pero por sobre todo el ser una madre en el Cielo.

Quisiera aprovechar la oportunidad de agradecer a los sacerdotes que fueron marcando capítulos importantes y fueron tremendos pilares durante todo mi camino hasta el día de hoy. Al padre Enrique Opaso, por mostrarme siempre la alegría del sacerdocio, la fraternidad de vida, por ser un testimonio de vida entregada en plenitud y gozo al pueblo de Dios, y por regalarme una linda y leal amistad sin condiciones, por depositar su plena confianza en mí, sin poner dificultades al momento de él presentarme al seminario. Al padre Reinaldo Osorio, quién desde que ingresé al seminario, ha acompañado ininterrumpidamente y de manera entregada mi proceso como director espiritual. A los sacerdotes Sebastián Vásquez, Diego González y Carlos Olivares por animarme desde hace varios años a seguir con fuerza la voluntad del Padre. Al padre Marcelo Catril, por mostrarme que pese a las dificultades aparentes, con fe y convencimiento de la voluntad de Dios, se puede sacar adelante los distintos proyectos.  A los sacerdotes Víctor Godoy y Jorge Martínez, por ser grandes pilares en mi discernimiento vocacional previo a mi ingreso al seminario.

Finalmente quiero hacer una tremenda invitación, que me ha acompañado sobre todo en los momentos más complejos. En la carta a los filipenses en el capítulo 4, San Pablo nos exhorta “Estén alegres, se los repito, estén siempre alegres en el Señor”, si vivimos un camino con el Señor, mostremos siempre esa alegría que refleja el amor y la paz en lo que estamos realizando, que Dios entre en nuestros corazones y seamos testimonio de vida, de amor, de esperanza, de fe y de alegría.

Amén.