Testimonio Año Pastoral Carlos Suarez Corail

Testimonio Año Pastoral Carlos Suarez Corail

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Dentro del itinerario formativo hacia el sacerdocio, entre los estudios de filosofía y teología, en la mitad de la formación, se encuentra la experiencia del año de pastoral. Ya son cinco años desde que inicié este proceso en el seminario en el año 2011, recién salido de Cuarto Año de Enseñanza Media, confirmado hace menos de un año, y con solo 18 años de edad. Tal vez demasiado joven e inmaduro, y con tantas opciones para construir la vida y disfrutar de ella como cualquier joven de mi edad. Sin embargo, pese a esta objeción que he tenido que escuchar de no poca gente a lo largo de mi camino vocacional (lo más contradictorio que por parte de personas católicas), e incluso de boca del Tentador, aun resuena en el corazón la llamada del Señor que paso a paso va dando luces, sosteniendo y confirmando esta entrega de la propia vida. Y con una especial fuerza ahora, en esta nueva experiencia que, por voluntad de Dios y disposición de quienes tienen a cargo mi formación, me encuentro realizando en la Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Quilpué.
Pese al corto tiempo que llevo viviendo en la parroquia, puedo decir que ha sido una experiencia renovadora, pues el Espíritu es siempre nuevo, la necesidad de Dios es siempre urgente, es una experiencia diferente y nueva para mi formación, y la acogida tanto de la gente de la parroquia como de los sacerdotes, diáconos y religiosas han hecho de esto una experiencia de fraternidad y comunión. De este modo, desde la experiencia de estos casi tres meses en la parroquia, la formación hacia el sacerdocio se ha reunido para mí en tres aspectos: la oración, la vida en parroquia, y el apostolado. Y es que el tiempo que estoy viviendo es precisamente para nutrir mi propia vocación y espiritualidad, crecer y madurar en lo personal y en las relaciones humanas, discernir la voluntad del Señor tanto para mi vida como para la vida de las comunidades que se me pide acompañar, aprender el arte de conducir el rebaño del Señor, delinear un estilo de vida sacerdotal, buscando asemejarme más al Señor Jesús, el Buen Pastor. Evidentemente, no es algo fácil, la vara es muy alta, pues el Corazón de Jesús es un Maestro y modelo insuperable, pero no inalcanzable, y es la escuela desde la cual he puesto mi formación al sacerdocio, precisamente en este mes del Sagrado Corazón, cuya devoción preservan, celebran, y extienden los fieles de esta parroquia. No es salir del seminario a hacer una práctica profesional, ni un paréntesis académico, sino una instancia para conocer más la vida de la Iglesia, la vida de nuestro Pueblo, la vida del sacerdote, y prepararse para el día de mañana, por el don recibido en el Sacramento del Orden, repetir las palabras, gestos, y obras del Señor Jesús en medio de nuestra gente.
Quisiera terminar estas líneas invitando a los jóvenes a hacer esta experiencia con Jesús. No se pierde la juventud con el Señor, sino que las ganas y las ansias de entregarnos, inscritas en el corazón joven, encuentran en el seguimiento del Señor su plenitud. Pues la vida es un don del Señor, pero no es un don que se nos dio para guardarlo, sino para entregarlo por amor, y ese es el testimonio que nos dejó el Maestro con su sacrificio en la Cruz. Hoy urgen las vocaciones hacia el sacerdocio, no seamos egoístas ni temerosos con el Señor y su Iglesia. Recuerden “la mies es mucha y los obreros son pocos”. Roguemos, pues, para que de entre nosotros el Señor suscite Pastores según su Corazón. Y que la Virgen Santísima, Madre de las vocaciones, ore junto a nosotros, a ella también confiamos la formación de quienes se forman en nuestro Seminario de Valparaíso, y le pedimos su protección.