Comentario del Evangelio: "Hace oír a los sordos y hablar a los...

Comentario del Evangelio: "Hace oír a los sordos y hablar a los mudos" (Domingo 23° del tiempo común)

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Este domingo la Iglesia nos ofrece escuchar y compartir el relato de una curación (Marcos 7,31-37), y es bello poder reflexionar este Evangelio, porque probablemente en cada curación que Jesús realiza, en cada relación que establece con un enfermo para sanarlo, es que podemos vernos reflejados, logramos percibir cómo Jesús se ha relacionado con nosotros a lo largo de nuestra historia… Algo así podemos decir quienes hemos sido sanados por su mano.

Les invito a reflexionar en tres momentos, tres movimientos de esta Palabra, lo importante es ponernos en el lugar del sordo-tartamudo, desde este personaje, con su sordera y su tartamudez, es que podemos encontrarnos con el sanador que transforma nuestra vida:

– “Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar…” 

El sordo se escuchaba sólo a sí, percibía sólo su interior, conectaba perfectamente con su soledad, estaba encerrado en su propio mundo…

Pasamos por un tiempo en que lo común es vivir como ostras, encerrados en nosotros mismos, en nuestro espacio, con temor de que otros crucen nuestro metro cuadrado: vivimos encerrados por miedo a la delincuencia, muchas casas están repletas de rejas, alarmas y cámaras asemejándose a cárceles de alta seguridad; nuestros oídos están invadidos por audífonos con música -entre más fuerte mejor- porque el mundo en la calle pareciera ser demasiado poco atractivo y preferimos escapar con música de nuestro agrado; camine por la calle y fíjense cuántas personas están hipnotizadas por sus teléfonos, y nos produce gran sorpresa -y hasta temor- cuando alguien nos habla mientras caminamos por la calle, todos son desconocidos que preferimos mantener a ese nivel de distancia, no deseamos conocernos… Nuestro mundo, nuestro corazón tiene puertas -¡o portones!- con cerradura por dentro.

Sabemos además que el sordo-mudo no podía ir solo a ver a Jesús, no es capaz de pedir ayuda, y menos aún ha escuchado el mensaje de Jesús, por eso es llevado por otros… así es el camino de fe, nunca vamos solos, siempre caminamos junto a otros, de hecho la fe la hemos recibido como herencia de nuestros padres o de personas que nos han presentado al Señor, pensemos, probablemente haya alguna persona que reza por nosotros, probablemente no sean pocos; cuántos con su ejemplo nos llevan ante Jesús, con su testimonio nos empujan a su presencia… nunca caminamos en soledad. Eso es Iglesia.

– “Él, apartándolo de la gente…” 

Jesús lo separa aparte: es fundamental el encuentro personal con Jesús, es ese encuentro el que cambia nos cambia la vida, Jesús quiere tratarnos con dedicación, con exclusividad, con ternura; en ese momento nos quiere encontrar, nos quiere escuchar y hablar, por eso nos sana, nos hace oír y hablar, permite que nuestro corazón se comunique con el suyo… Desde ese instante, nuestra vida se hace vida verdadera, todo toma sentido en nuestras vidas…

– “Mirando al cielo, suspiró y dijo: Effatá (Ábrete)”

Y ocurre el milagro… su fuerza le viene del Padre, del cielo, inspira y expira el poder del Espíritu, y sucede lo que anhelábamos, somos sanados, nuestra boca se abre, nuestras palabras son escuchadas, nuestros oídos escuchan fuerte y claro, ya no estamos solos.

Y nosotros, ¿cómo estamos? Abiertos o cerrados a Jesús, a su Evangelio, a los hermanos, a sus formas de vida, a sus modos de pensar, a sus fragilidades y tropiezos, a sus alegrías y esperanzas; abiertos o cerrados a abrir nuestra mente, a mantener abiertas las puertas de nuestro interior, a desconectarnos para hablarnos y escucharnos, al encuentro; abiertos o cerrados para encontrarnos con Jesús, para recibir su Palabra, para sembrar esperanzas, para recibir su sanación, su perdón, su alimento…

Para terminar

Que Jesús abra nuestros oídos para escucharlo, y quite nuestra tartamudez, que abra nuestra boca para poder anunciarlo, para anunciar su poder, que es la misericordia, misericordia que además de perdonar sana, reconstruye y renueva.

¿Escuchamos a Jesús? Seguro nuestra sordera se puede convertir en pura disposición para escucharlo, para escucharnos.

¿Hablamos de Dios? ¿Hablamos de nuestro encuentro con Jesús? ¿Lo hacemos con fe, con convencimiento y alegría? ¿O nuestras palabras y obras tartamudean a Jesús, de manera que finalmente nadie entiende el mensaje?

Desata nuestra lengua para anunciar tu misericordia, abre nuestros oídos para oír tu paz…

Matías Faúndez, seminarista