Vísperas del Sagrado Corazón Seminario

Vísperas del Sagrado Corazón Seminario

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Estimados hermanos:

Muchos recordaremos el momento en que el Santo Padre Francisco en abril del año pasado, convocó oficialmente un Jubileo Extraordinario de la Misericordia, junto con ello la Bula Misericordiae vultus que además de presentarnos las fechas tanto de inicio como de finalización del año convocado, nos da los fundamentos esenciales sobre el espíritu en el cual hoy se nos exige vivir como Iglesia esta invitación del Papa. Muchos recordaremos también las innumerables reuniones, charlas, planificaciones, en las cuales se proponían diversas formas de poder vivir a plenitud este año santo. Personalmente, me llamó favorablemente la atención la reacción positiva y animosa de tantos frente a esta acertada acción del Papa, que nos invita a reencontrarnos en el amor y la caridad. No debemos dejar de preguntarnos el por qué el Santo Padre convocó de manera extraordinaria a que como Iglesia vivamos con júbilo la misericordia, ¿acaso nuestros corazones se han enfriado a tal punto de tener que volver a reencantarnos con este crucial mandamiento de Cristo? No cabe duda que frente a una propuesta de esta envergadura como la que ha realizado el Papa Francisco nos debe a nosotros mover e inspirar a que podamos profundizar nuestra mirada y, tal vez, dejar la conformidad superficial que manifestamos con nosotros mismos.
La Iglesia no nos abandona, y nos presenta distintas maneras de poder vivir y experimentar la misericordia del Padre, labor nuestra es poder perseverar en encontrarlas, y así evitar que nuestro año santo de la misericordia haya culminado el mismo día que se inauguró.
Hoy nos encontramos en las vísperas del Sagrado Corazón de Jesús, fiesta Solemne de nuestra Iglesia. La idea de esta meditación, no es comentar ni explicar en qué consiste esta devoción, información hay mucha y de fácil acceso, desde ya la Carta Encíclica Haurietis Aquas de su Santidad Pío XII sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús el 15 de mayo del año 1956 y desde ya, la fuente primaria por excelencia, el Evangelio; sino, la idea es que podamos como comunidad asimilar esta hermosa herramienta con el Jubileo extraordinario de la misericordia.
El Sagrado Corazón de Jesús, lindas imágenes, otras no tanto, canciones, comunidades que se reúnen en torno a esta devoción, hay mucho de bondad en todo esto, pero la devoción no centra su vivencia en estas cosas, sino en el verdadero amor de Dios, ese amor puro, que se nos revela a través de su Hijo Jesucristo, Dios se hizo hombre para que el hombre ame como el corazón divino, de esta manera el amor de Dios no queda en el misterio propio de la trinidad, sino que el mismo Dios se ha preocupado de mostrar este amor sin límites y hacerlo perceptible, sensible y experimentable. Esto no se basa en las solas apariciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque, sino desde ya en el mismo evangelio de Jesús. Un ejemplo claro nos presenta San Juan al relatarnos en el contexto en que Cristo comienza a despedirse, el mandamiento del amor, el mandamiento de Cristo “que se amen los unos a los otros como Yo los he amado” (Jn. 13,34). Jesús nos da una verdadera escuela de amor divino, al estilo o al modo humano, o sea que se expresa en lenguaje humano como un todo, tanto gestos, miradas, acompañamientos, comprensión, consuelo, amistad.
Al comienzo propuse que nos cuestionáramos el por qué, algo que está en la raíces propias del cristianismo como el amor misericordioso, debía ser nuevamente propuesto de manera extraordinaria, se me viene a la mente el evangelio de San Mateo, cuando en el capítulo 22, los fariseos y específicamente uno que era doctor de la ley, de manera maliciosa interroga y cuestiona a Jesús sobre cuál es el precepto más importante en la ley, al cual Jesús responde “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22,37-39). Así como hablamos del amor divino al estilo humano, es precisamente este último concepto el que nos hace asumir que humanamente existe el amor herido, despreciado, cuando el amor no siente correspondencia, cuando recibe menosprecios y discriminaciones, el dolor que viven muchas familias, ingratitudes de un hijo por sus padres y viceversa, divisiones internas y conflictos, en fin, tantas y tantas situaciones que atentamos contra nuestro prójimo, y más aún, no nos damos cuenta. No nos olvidemos que aunque Jesucristo sea impasible, o sea que no puede sufrir, esto no significa que sea indiferente estas actitudes, sino que, como explica Santo Tomás de Aquino, le duele porque el pecado en sí destruye su obra de amor, que es el hombre.
Esto es una realidad, a la cual debemos responder, y siendo el amor el mandato por excelencia que nos da Nuestro señor Jesucristo, ¿no debemos acaso centrar nuestra vida en este amor divino, poner nuestro corazón en las manos de Jesús, y que pueda hacerlo habitar en su propio Corazón? Esto nos invita la Iglesia, no como una devoción piadosa y sentimentalista, sino que a partir del mismo Evangelio, amar y sentir como Cristo. La verdadera vida espiritual no está en sumar oraciones ni horas frente al sagrario, no está en venerar una imagen ni orar el rosario todos los días, mientras todo quede ahí, lamentablemente lo que se avanza es muy poco, verdaderamente la vida espiritual consiste en una renovación a las costumbres y acciones cristianas, a poder tener un cambio de vida, que podamos resucitar con Cristo a una vida nueva, y es por eso que necesitamos de las herramientas que nos conduzcan a ese fin.
San Francisco de Sales en su libro Introducción a la vida devota señala que ser hombre no es una excusa para no pecar, pero un hombre que dice que no peca es un mentiroso, y por eso necesitamos de estos instrumentos que nos lleven a la conversión y al poder levantarnos una y otra vez. En la oración inicial elevamos nuestra plegaria al Sagrado Corazón diciendo: “se todo para mi Sagrado Corazón, socorro de mi miseria, lumbre de mis ojos, báculo de mi pasos, remedio de mis males, auxilio en toda necesidad”. El amor de Dios a través del su santo Espíritu se abre a mi realidad, a mi historia, y es en esa historia donde debo encontrarme con el Amor de Dios, ya que si no experimentamos este amor y esta misericordia de Dios dentro de mi propia historia, ¿de qué manera seremos testimonio del perdón y la misericordia con hermanos que necesitan que le manifestemos este amor infinito de Dios por cada uno de nosotros, y hacer que este amor sea el verdadero remedio de nuestros males?
Miremos a la Virgen, esa madre que amó incondicionalmente a su hijo, teniendo que soportar las humillaciones e injusticias sin poder hacer absolutamente nada. El profeta Isaías en varios episodios manifiesta el amor de Dios como un corazón de madre, y creo que lejos no está, cuando vemos lo incondicional, puro y misericordioso que este amor de Dios llega a ser por nosotros.
Que la Virgen María nos ayude a poder encontrarnos con Jesús en nuestro hermano, que este bendito mes interceda por cada uno de nosotros para que podamos tener esta experiencia de Cristo misericordioso, cuyo corazón sigue latiendo, no en esta imagen que tengo al frente, sino en la Santa Eucaristía y en cada uno de nosotros. Amén

Jaime Bastías Pacheco
Seminarista