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Quisiera compartir con ustedes una sencilla reflexión en torno a la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Para ello quisiera iniciar diciendo una breve palabra sobre esta devoción cuya fiesta litúrgica celebraremos este viernes 3 de junio. Esta devoción no consiste en contemplar una imagen a la cual rendirle una devoción sentimentalista, sino más bien es un ponerse a los pies del Maestro a la escucha de su Palabra que es Buena Noticia, Evangelio para nosotros sus discípulos y para todos aquellos que abran sus oídos para escuchar; y que es enseñanza de Vida y que da Vida, de la cual el mismo Maestro es testigo. Precisamente esto es lo que hemos estado celebrando durante el ciclo pascual recién pasado: que el Maestro llevó su enseñanza a sus últimas consecuencias, y nos amó hasta el extremo, entregándose por nosotros a muerte en Cruz y resucitando para darnos Nueva Vida en el Espíritu. Celebrar el mes del Sagrado Corazón de Jesús, por tanto, es recordar que somos discípulos amados, que desean aprender a amar como su Maestro, y donde este testimonio de mutuo amor entre quienes se dicen discípulos de Jesús es signo e indicador de auténtica vida evangélica. “En esto reconocerán todos que son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13, 35).

En la Oración Inicial para todos los días del mes, iniciamos colocándonos a los pies del Maestro, rezando así: “considerando las inefables muestras de amor que me has dado, y las sublimes lecciones que me enseña de continuo tu adorable Corazón, te pido humildemente la gracia de conocerte, amarte, y servirte como fiel discípulo tuyo”. Recién mencioné que celebrar el mes del Corazón de Jesús es recordar que somos discípulos amados. Y es que iniciamos las oraciones del mes, evocando tan bella y tan personal experiencia que es el descubrirnos amados por un amor que nos precede: el amor de Dios hecho carne en Jesús; es experimentar el Amor Divino que quiso amarnos al modo humano con un corazón de carne, con afectos humanos, con obras humanas, con gestos sensibles y palpables. Ante tan gran misterio de amor que nos acoge y nos abraza, no quedamos indiferentes, y pedimos la gracia de poder entrar en ese misterio, para constituirnos en discípulos amados de quien nos descubre como a sus amigos, los tesoros íntimos de la Divinidad, compendiados en el Corazón de Jesús. Entrar en ese Misterio de Amor, es pedir con humildad la gracia de conocer, amar y servir a Jesús. Desde su Corazón Sagrado, Él nos constituye en discípulos amados, a los cuales les deja un mandamiento: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”.

En efecto, conocer el amor que Dios nos tiene en Jesús, nos mueve a corresponderlo en el amor en cada uno de nuestros hermanos, y a colocarnos al servicio de los demás como el mismo Jesús que vino a servir y no a ser servido. Precisamente, como testigos del amor que Dios nos tiene en Jesús, muerto y resucitado, damos testimonio de ese amor con nuestros hermanos. Es así entonces, que somos constituidos en comunidad de discípulos amados, llamados a amarse los unos a los otros, a dar testimonio de comunión en el amor, permaneciendo unidos por el Espíritu Santo que nos ha sellado como miembros de Cristo. Y ante la diversidad de miembros y de dones, es el Espíritu el que nos mantiene unidos.

“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5). Este Amor Divino, el cual define la esencia del Espíritu de Dios, es el que nos une en comunión con Dios y con nuestros hermanos, para juntos clamar a Él como Padre. El mismo Espíritu que hizo posible la Encarnación del Verbo en el seno Purísimo de María, y que se nos dona en Pentecostés, es el que quiere actuar en nosotros para que podamos reproducir la imagen de Cristo, para que nuestro corazón, a semejanza del Corazón de Jesús, arda de amor por el Padre Dios, por la Iglesia, por nuestros hermanos, y de manera especial por los más desvalidos, los que sufren, los más pobres, y los que aún no descubren el Amor de Cristo en sus vidas. Ese Espíritu es el que hará de nuestros seminaristas sacerdotes según el Corazón de Jesús. Que María, en cuyo seno Purísimo se encarnó el Hijo amado del Padre por obra del Espíritu Santo, nos alcance a quienes estamos en formación hacia el sacerdocio, la gracia de ser fieles discípulos de Jesús.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo. Amén.

Carlos Suárez Corail
Seminarista

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